La palabra 'astro' contra una ilustración de planetas y estrellas.

2025-05-05

5 min de lectura

Por: Diego Moreno

Existir, resistir

Hay momentos en los que la vida no se rompe, pero tampoco se sostiene del todo. No hay una crisis clara ni una catástrofe que lo explique todo. Sin embargo, algo empieza a ceder. Cuesta habitar los días, cuesta reconocerse en lo que uno hace, cuesta incluso nombrar con precisión lo que pasa.

No es exactamente tristeza, tampoco desesperación. Es más bien una sensación de fondo, una especie de desnivel, como si el suelo ya no estuviera del todo firme.

Con el tiempo he aprendido a llamar a esa experiencia abismo. No un abismo espectacular ni dramático, sino uno cotidiano, silencioso. Aparece cuando se apaga el ruido, cuando ya no basta con seguir, producir, explicarse. Tiene que ver con la finitud, con el límite, con la conciencia de que la vida no viene garantizada. De que no todo encaja. De que vivir no es un problema que pueda resolverse del todo.


Existir es resistir

Desde ahí he llegado a pensar, con bastante convicción, que existir es, en gran medida, resistir.

No digo resistir como quien se defiende atacando, ni como quien se endurece para no sentir. Pienso en la resistencia como la entiende Josep Maria Esquirol cuando habla de resistencia íntima: una manera de mantenerse, de no ceder del todo, de no perderse incluso cuando no hay respuestas claras.

Se resiste, sobre todo, a la disgregación. A esa fuerza —muy propia de nuestro tiempo— que tiende a fragmentar la experiencia, a convertirla en datos, etiquetas, diagnósticos rápidos. No siempre aparece como violencia; a veces es amable, eficiente, incluso bien intencionada.

Se cuela cuando todo se normaliza demasiado rápido, cuando lo que sentimos parece una variación más dentro de una estadística, cuando la experiencia pierde espesor y deja de tocarnos.

Pasa, por ejemplo, cuando un malestar que no logramos nombrar del todo se traduce de inmediato en una etiqueta —ansiedad, estrés, burnout— y, al hacerlo, parece ya resuelto. No es que esas palabras no sirvan, pero a veces llegan demasiado pronto y terminan sustituyendo el trabajo de comprender lo que realmente está en juego.

La vida sigue funcionando, pero algo se desconecta. Todo se explica, pero nada termina de hacer sentido.


Lo ordinario como lugar de lo decisivo

Frente a eso, cada vez desconfío más de la obsesión por lo extraordinario. Pero mi experiencia —personal, clínica, filosófica— apunta en otra dirección: gran parte de lo decisivo ocurre en lo ordinario.

En lo ordinario aparece el cansancio, la repetición, la duda que vuelve, el silencio incómodo, el malestar sin nombre. Pero también aparece algo fundamental: la posibilidad del cuidado.

Cuidar no es corregir. No es arreglar al otro ni devolverlo a un ideal de funcionamiento. Cuidar es amparar una experiencia, hacerle espacio sin apresurarse a clausurarla.

Por eso inquieta la facilidad con la que muchas vivencias humanas se medicalizan o se patologizan. No todo malestar es una enfermedad. No toda angustia es un síntoma que haya que eliminar. Hay experiencias —la finitud, la pérdida, la incertidumbre— que no piden solución, sino acompañamiento.


La terapia como cobijo

Ir a terapia, al menos como yo la concibo, no es un intento por superar la condición humana. Nadie va a terapia para dejar de ser vulnerable. Más bien se va para aprender a afrontar aquello que no se puede evitar ni resolver del todo.

La terapia no promete eliminar la angustia, sino evitar que lo ocupe todo.

Hay una distinción que suele pasar desapercibida: no es lo mismo introspección que reflexión.

  • La introspección tiende a girar sobre el yo, buscando causas internas, explicaciones últimas, identidades fijas.
  • La reflexión, en cambio, introduce distancia, palabra compartida, relación. No se trata de mirarse sin fin, sino de pensar la experiencia en relación con el mundo, con el tiempo, con los otros.

He ido entendiendo la terapia como un aprendizaje del pensar. No del pensar abstracto ni académico, sino de un pensar que desplaza, que reordena, que permite un cambio de orientación. La tradición filosófica llamó a esto metanoia: un giro, una transformación en la manera de estar.

Pensar así es resistir. Resistir al automatismo, a la presión por tener una opinión rápida sobre todo, a la lógica que reduce la singularidad a promedio, la experiencia a dato, el dolor a etiqueta.


No somos nuestra herida

Hay algo que conviene decir con claridad:

No somos nuestra herida. Somos existencia afectada por la experiencia del límite, de la pérdida, de la finitud.

La herida no es identidad; es acontecimiento. Algo que nos atraviesa y deja marcas, pero que no agota lo que somos. Acompañar no es fijar al otro en su dolor, sino ayudar a que ese dolor no lo ocupe todo.

Resistir, al final, tiene mucho que ver con esto: con no dejar que la disgregación gane por completo. Con permanecer, aunque no sepamos exactamente cómo. Con cuidar lo que aún se sostiene.


Permanecer, sencillamente, humanos

Quizás existir no consista tanto en encontrar respuestas como en aprender a permanecer: atentos, en vínculo, fieles a lo que importa incluso cuando no brilla.

Y permanecer no siempre es un acto sereno. A veces se parece más a quedarse cuando algo se afloja por dentro, cuando las referencias habituales dejan de sostener y el mundo pierde, aunque sea por un momento, su familiaridad.

No ocurre necesariamente en medio de una crisis visible. Puede suceder una mañana cualquiera, en una conversación trivial, o en el silencio que aparece cuando la pregunta más simple —¿cómo estás?deja de tener una respuesta clara.

Es ahí, en ese punto de desnivel, donde la angustia se hace presente y nos obliga a habitar, sin atajos, la finitud.