2025-05-07
8 min de lectura
Por: Diego Moreno
Tal vez existir consista, como sugería antes, en aprender a permanecer. No permanecer como quien se queda inmóvil por miedo, sino como quien no huye cuando el suelo se vuelve inestable. Si esto es así, hay una experiencia que pone a prueba esa capacidad con especial intensidad: la angustia.
No me refiero a la angustia espectacular ni a la que aparece en los momentos que socialmente reconocemos como “crisis”. Pienso más bien en esa angustia difusa que acompaña ciertos días sin avisar. La que aparece al despertar y no termina de irse, la que no siempre sabe decir de qué se trata, la que no se deja traducir fácilmente en una causa concreta. Todo parece más o menos en orden, pero algo no encaja del todo.
Martin Heidegger fue especialmente preciso al pensar esta experiencia. Para él, la angustia no es simplemente un malestar psicológico ni una emoción más intensa que otras. Aparece cuando se afloja el sostén habitual del mundo, cuando aquello que normalmente nos orienta —las ocupaciones, los roles, las certezas— pierde momentáneamente su fuerza.
En la angustia, las cosas no desaparecen, pero dejan de ofrecernos apoyos claros. El mundo no se vuelve hostil, pero sí extrañamente abierto, sin las referencias que suelen sostenernos.
Por eso la angustia no señala un objeto concreto. No es angustia de algo. Es angustia ante la existencia misma, ante el hecho de estar arrojados a una vida que no controlamos del todo, que se nos da sin garantías. En ella se deja ver la finitud, la posibilidad de no ser, el límite estructural de nuestra existencia.
Aparece, por ejemplo, cuando una enfermedad leve nos recuerda de pronto que el cuerpo no es transparente. O cuando una relación cotidiana atraviesa un silencio inesperado que no sabemos cómo leer. O cuando el trabajo, que durante años dio cierta orientación, empieza a sentirse vacío incluso antes de volverse problemático. En esos momentos, algo del suelo se afloja.
La angustia no es un error. Es una experiencia que nos coloca frente a algo verdadero, aunque incómodo: que no somos autosuficientes, que no todo está asegurado, que no hay un sostén último completamente firme.
Nuestra época la tolera mal. Se la vive como algo que debe desaparecer cuanto antes. Rápidamente se buscan explicaciones tranquilizadoras, nombres técnicos, soluciones eficaces. La angustia entra entonces en un circuito de intervención que, en muchos casos, no deja espacio para pensar lo que realmente está en juego.
No se trata de negar el valor de la intervención médica ni de minimizar el sufrimiento psíquico. Pero sí de advertir un riesgo: cuando toda angustia se traduce inmediatamente como disfunción, se pierde la pregunta por el sentido de esa experiencia, la posibilidad de que diga algo sobre nuestra manera de vivir, de sostener vínculos, de habitar el tiempo.
Josep Maria Esquirol insiste en que el cuidado se vuelve problemático cuando deja de ser amparo y se transforma en un ejercicio de control o de auto-optimización. Convertir el cuidado en una práctica centrada exclusivamente en el rendimiento del yo no alivia la angustia; muchas veces la intensifica. El mundo queda fuera, el otro desaparece, y todo se pliega sobre una interioridad cada vez más frágil.
Pensar la angustia exige, justamente, salir de ese repliegue. Pensar —en un sentido que no es meramente informativo— no equivale a analizarse sin fin ni a buscar explicaciones causales inmediatas. Implica detenerse, suspender la respuesta automática, dejar que la experiencia se diga sin reducirla de inmediato.
Pensar no elimina la angustia, pero evita que se cierre sobre sí misma como un circuito sin salida.
La angustia se vuelve más asfixiante cuando queda encerrada en soledad. Cuando se repliega en un monólogo interior, tiende a volverse rumiativa, circular. En cambio, cuando encuentra un espacio donde la palabra no tiene que producir resultados inmediatos, algo se desplaza. No porque se resuelva, sino porque deja de ocuparlo todo.
Esto se ve en situaciones muy concretas:
En todos esos casos, la angustia no es acogida: es neutralizada o devuelta al individuo como si fuera un fallo propio.
Un acompañamiento que tome en serio la angustia no busca eliminarla ni instrumentalizarla. Se limita, en cierto sentido, a no traicionarla: a no convertirla enseguida en algo que deba ser corregido, superado o explicado del todo.
Desde ahí, la terapia puede entenderse no como un espacio para fortalecerse contra el mundo, sino como un lugar donde aprender a permanecer sin endurecerse. Un lugar donde la angustia no es celebrada, pero tampoco expulsada. Donde puede aparecer como lo que es: una señal de que algo en la manera de estar en el mundo necesita ser pensado.
No somos la angustia que sentimos, pero tampoco somos ajenos a lo que ella revela. Somos existencia expuesta a la finitud.
En un tiempo que convierte rápidamente el malestar en problema técnico y el cuidado en rendimiento personal, sostener un espacio donde la angustia pueda ser pensada sin ser negada es, también, una forma de resistencia. No una resistencia épica, sino discreta. Una que no promete más de lo que puede cumplir, pero que ofrece algo esencial: que alguien no tenga que atravesar solo ese momento en el que el suelo se afloja.
Recuerdo una persona sentada frente a mí que guarda silencio durante unos segundos más largos de lo habitual. No está llorando ni buscando palabras. Simplemente mira un punto fijo del suelo. Cuando finalmente habla, no dice algo extraordinario. Dice:
“No sé muy bien qué me pasa, pero algo no está bien.”
No hay diagnóstico ni explicación, solo esa frase. Y, sin embargo, ahí aparece algo decisivo: el intento de no huir.
A veces el trabajo comienza exactamente ahí. No en una respuesta, sino en la posibilidad de sostener la pregunta sin clausurarla demasiado rápido. Y en ese gesto —discreto, casi imperceptible— la angustia deja de ser únicamente un problema a resolver y empieza a abrir un espacio donde algo puede, poco a poco, empezar a pensarse.